
que articula rescoldos abiertos,
que pronuncia abrazos de riberas perdurables,
me cuenta de la iniciación al arroyo claro
de tu lengua en gerundio,
de la V de tu vientre de oro viejo,
de la R, cobijada en el templo de tu encía,
de la LL de tus piernas, calles firmadas
por el viento,
injertos de porcelana,
fusiles erguidos,
aradas de costado para este mujik
con vilo en el verso, de piedra asediada.
El idioma de tu pecho,
que desata la tinta del crepúsculo,
que nombra palabras segadas de sombra,
me cuenta del presagio de la ortografía
de tus labios de álamo imprevisto,
del paréntesis de tus caderas de untuosa inmortalidad,
de la B de tus senos, jornales de tierra devota,
de la I de tu espalda de atardecer
en el mar de Krahe,
surco de llamas fecundas,
cañada abierta a mi aliento,
dicción de tuétano,
extensión de patria dilatada para esta voz
de tejido callado, con sordina en la entraña.
El idioma de tu pecho,
que dice sintaxis del obrero y vocales para siempre,
que anuncia diálogos de carne amarrada,
me cuenta de la turbulencia sagrada
de tus brazos poblados de cauces y memoria,
de la T de tus hombros de barbecho prolongado,
de las tildes de tus cejas, acentos de olivo,
de la M de tus manos, gramáticas desnudas
ante mi hambre de caricia hincada,
moradas de mi cuerpo agraz y andante,
puertas candeales a mi renglón sin vocación,
léxicos lentos en mi horizonte,
pronombres en el limbo temporal para esta alma de suelo,
queriéndose en el Braille sin quiebra
de tu piel.
(Raquel T., 2009)





